Varios estaban aplastados.
La tierra se había derramado sobre las baldosas.
Miró la puerta de entrada y, por primera vez, pareció darse cuenta de que aquella casa no era un escenario para sus fotografías.
Era el hogar de una mujer que había trabajado cuarenta años para poder descansar allí.
Una mujer a la que ella había llamado vieja arrimada.
Y esa mujer no había necesitado gritar para defenderse.
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El lunes por la tarde, Roberto vino a verme.
Yo había regresado a la casa después de que mi abogado confirmara que podía hacerlo sin interferir con el procedimiento pendiente. Pasé buena parte de la mañana abriendo las ventanas, recogiendo hojas del porche y colocando en su sitio los muebles que todavía podían salvarse.
Estaba preparando té cuando escuché que llamaban a la puerta.
Abrí.
Mi hijo estaba allí, con los ojos enrojecidos y una bolsa de papel entre las manos.