—¿Tiene algún familiar al que podamos llamar?
Mariana negó con la cabeza.
—No tengo a nadie cercano.
La enfermera le dedicó una sonrisa compasiva.
—No está sola. Estamos aquí con usted.
Aquellas palabras le recordaron al anciano que había encontrado frente al hospital.
Aquel hombre que también había estado solo.
Que había preguntado por qué lo ayudaba.
Y que, pese a todo lo que había sufrido, todavía se preocupaba por ella.
Mariana se secó una lágrima.
—Espero que su padre esté mejor —murmuró.
No sabía que, en ese preciso instante, Alejandro Mendoza estaba cruzando las puertas del mismo hospital.
Había acudido a visitar a su padre después de una larga reunión con sus abogados.
Cuando vio a una enfermera salir de maternidad con una carpeta, reconoció inmediatamente el nombre escrito en la parte superior.
Mariana Torres.
Se acercó.