Lucía lo miró mientras intentaba seguir el ritmo.
—¿Necesitas ayuda?
—Necesito un nuevo sistema nervioso.
Ella rio y le rodeó el cuello con los brazos.
—Solo sígueme.
Y Alejandro lo hizo.
Porque, después de todo, había descubierto que no necesitaba controlar cada paso para llegar al lugar correcto.
### Epílogo. La sudadera gris
Tres años después, en una mañana tranquila de octubre, Lucía estaba sentada en la cocina de la casa que compartía con Alejandro.
Llevaba una sudadera gris holgada.
Su cabello estaba recogido en un moño desordenado.
Y sobre la mesa había un plato de galletas con chispas de chocolate.
Alejandro entró con dos tazas de café.
Se detuvo al verla.
—No puede ser.
Lucía levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Él señaló su sudadera.
—Es esa.
Ella miró la prenda y después sonrió.
—La misma.