—Después te conocí. Y descubrí que podía sentarme frente a alguien sin intentar impresionarla. Que podía equivocarme. Que podía tener miedo. Que podía decir que no sabía qué hacer.
Él sonrió.
—Y descubrí que quería volver a hacerlo contigo. No solo durante un año. No solo mientras todo fuera fácil.
Lucía sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Alejandro soltó una de sus manos y sacó una pequeña caja del bolsillo.
Ella se quedó inmóvil.
—Alejandro…
—Espera. Déjame terminar antes de que empieces a hacerme preguntas difíciles.
Lucía se llevó una mano a la boca para contener la risa y las lágrimas que amenazaban con aparecer al mismo tiempo.
Él abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo, elegante, sin una piedra exageradamente grande ni un diseño ostentoso.
—No quiero prometerte que nunca te haré daño —dijo—. Sería una promesa imposible. No quiero prometerte que siempre sabré qué decir, porque ya hemos establecido que eso no es cierto.