—Voy a encargarme de él.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Tengo abogados. Puedo averiguar dónde trabaja, dónde vive, qué está haciendo. Si te ha acosado, podemos—
—No.
Alejandro se detuvo.
—Lucía, no voy a permitir que vuelva a hacerte daño.
—No te he pedido que lo hagas.
—Estoy intentando ayudarte.
—Lo sé.
Ella se puso de pie.
—Pero no necesito que uses tu dinero para resolver mi vida.
Alejandro apretó la mandíbula.
—No estoy hablando de dinero. Estoy hablando de protegerte.
—¿Y quién decide cómo debo protegerme? ¿Tú?
El silencio que siguió fue doloroso.
Alejandro miró al suelo.
Por primera vez desde que se conocían, parecía no saber qué decir.
—Tienes razón —admitió finalmente.
Lucía respiró hondo.
—No quiero que te conviertas en otra persona que decide qué es lo mejor para mí sin preguntarme.
Él asintió lentamente.
—Lo siento.