Pero casi nadie quería saber cómo se sentía.
—Sí —admitió—. Muchísimo.
Lucía apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Y qué haces cuando te cansas?
Alejandro sonrió ligeramente.
—Normalmente trabajo más.
—Eso es una respuesta terrible.
—Lo sé.
—Deberías probar con una siesta.
Él rio.
—¿Esa es tu recomendación profesional?
—Soy maestra. Mi especialidad es conseguir que personas pequeñas y muy testarudas hagan lo que les conviene.
—Entonces estoy en buenas manos.
Lucía le lanzó una servilleta.
Y Alejandro, que había pasado años asistiendo a reuniones en las que nadie se atrevía a contradecirlo, se encontró riendo como un adolescente en un restaurante de barrio.
Cuando llegó la cuenta, Lucía tomó la factura antes que él.
—Mitad y mitad.
Alejandro no discutió.
Sacó su cartera y pagó exactamente su parte.
Lucía lo observó con una pequeña sonrisa.