Capítulo 2: El de la voz

—Doctor Miller —dijo—. Siéntese. Tiene que ver quién era la mamá de Sofía.

Abrió la carpeta.

La primera fotografía era vieja, de un papel que ya amarilleaba por los bordes: una adolescente de dieciséis años en una cama de hospital, con el pelo recogido en dos trenzas y una sonrisa valiente de esas que se ponen los niños para que los adultos no se asusten. A su lado, con una bata verde y veintitantos años menos, un cirujano joven le sostenía la mano con cara de no haber dormido.

Era yo.

—Laura —dijo Carmen, y la voz le salió entera a fuerza de años de pronunciarla—. Mi hija. Hubo un accidente de autobús en la autopista, en el noventa y ocho. Tres muertos. Ella llegó a su hospital con el abdomen destrozado y sin pulso en una pierna, y un cirujano que no quiso rendirse estuvo nueve horas dentro de mi niña. Cuando salió, nos dijo: «Va a necesitar tiempo, pero va a bailar». Laura bailó en su boda, doctor. Bailó en su boda delante de doscientas personas, y esa noche brindó por usted sin conocerlo apenas. Decía que usted le había dado la vida dos veces: la suya, y la que ella pudiera dar después.

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