Debería haberme negado. Llevo cuarenta años de profesión y sé que los desconocidos bien vestidos que aparecen en tu puerta con un coche negro no suelen traer nada bueno. Pero había algo en los hombros de aquel hombre —esa manera de caer, como caen los hombros de los que llevan dos días sin dormir y una vida entera fingiendo que no— que me hizo coger las llaves sin hacer una sola pregunta.
—Me llamo Ernesto Salas —dijo ya en el coche, con las manos demasiado quietas sobre el volante del conductor que no era él—. Soy el abuelo de Sofía. La niña que usted operó ayer.
Sofía. La niña de cinco años tenía nombre, como tienen nombre todas las personas a las que salvas antes de saber cómo se llaman. Me lo repetí en silencio durante todo el trayecto, mientras el coche negro cruzaba la ciudad en dirección al hospital: Sofía, Sofía. Las carreteras se veían distintas a esa hora, con la luz limpia de la mañana y sin ambulancias.