Ricardo no la consolaba.
Se había apartado para hacer una llamada.
Al acercarme, escuché una frase:
—Necesitamos sacar el producto del coche antes de que revisen todo.
Se volvió y me descubrió observándolo.
Colgó inmediatamente.
—¿Qué producto? —pregunté.
—Nada que te importe.
Por primera vez desde que llegué al hospital, sentí miedo de mi propio esposo.
Aproveché que se alejó y le conté al comandante lo que acababa de escuchar.
También le mostré los movimientos bancarios.
El dinero que Ricardo había enviado a Vanessa durante meses sumaba cientos de miles de pesos.
Había pagos de renta, mensualidades de automóvil y transferencias para gastos escolares.
Entre las operaciones apareció una compra extraña: un limpiador industrial adquirido desde mi cuenta de una tienda en línea.
Yo jamás había pedido aquel producto.
Recordé algo más.
Tres semanas atrás, Ricardo había tomado mi celular, diciendo que necesitaba actualizar unas aplicaciones.