Él era supervisor y yo llevaba la administración de proveedores.
Cuando nació Sofía, decidimos que yo trabajaría desde casa.
Abrí una pequeña tienda en línea de ropa infantil.
Al principio ganaba poco.
Después conseguí proveedores nacionales, amplié el catálogo y comencé a vender a otras tiendas.
Mi negocio terminó produciendo ingresos suficientes para pagar prácticamente todos los gastos de nuestra hija.
Ricardo nunca quiso reconocerlo.
Delante de su familia siempre decía que yo vivía gracias a él.
Lo peor era que yo había permitido aquella mentira para evitar discusiones.
Mi padre había aportado 180 mil pesos para el enganche de nuestro automóvil.
Otros 120 mil salieron de mis ahorros.
Sin embargo, Ricardo acostumbraba presumir que él me lo había comprado.
También decía haber pagado los gastos del nacimiento de Sofía, aunque yo conservaba las transferencias realizadas desde mi negocio.