Pero su otro ojo, de un profundo color azul grisáceo, estaba lleno de lágrimas.
Cyrus había esperado encontrar una mujer aterrorizada.
No había esperado encontrar tanta vergüenza en una mirada.
Josephine observó cómo él examinaba su rostro. Cuando sus ojos se detuvieron un instante en la cicatriz, ella apartó la cabeza.
—Ya lo ve —susurró—. Ahora sabe por qué nadie me quiere.
Cyrus se quedó inmóvil.
Después se quitó lentamente el guante derecho.
—¿Sabe qué es lo primero que veo cuando me miro en un espejo?
Josephine no respondió.
Él señaló la larga cicatriz que le cruzaba la cara.
—Esto. Cada mañana. Y durante años pensé que era lo único que los demás podían ver de mí.
Ella lo miró con sorpresa.
—¿Cómo se hizo eso?
—Un puma me atacó cuando tenía treinta años. Sobreviví por muy poco. Desde entonces, algunos hombres me consideran peligroso y algunas mujeres apartan la mirada cuando me acerco.