La Mujer que Todos Humillaron Terminó Convirtiéndose en la Dueña de un Imperio

Descubrió que el problema de la hacienda no era únicamente la deuda. Durante años, Evaristo había permitido que los trabajadores abandonaran los canales de riego, que los animales bebieran agua contaminada y que la lana se almacenara sin protección contra la humedad.

El Manantial no estaba muerto.

Estaba mal administrado.

—Necesito tres cosas —le dijo a Evaristo durante el desayuno—: autoridad para organizar el trabajo, acceso a las cuentas de tu padre y que dejes de prometer dinero que no tienes.

Evaristo soltó una carcajada nerviosa.

—¿Y qué harás tú que yo no haya hecho?

Magdalena dejó sobre la mesa una pequeña bolsa de tela.

Dentro había unas monedas de plata que había ganado años atrás vendiendo mantas tejidas por su abuela.

—Empezaré por dejar de perder dinero.

Evaristo contempló las monedas. Después miró por la ventana, hacia el granero que amenazaba con derrumbarse.

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