Ahora descubría que también había llevado consigo un secreto que nunca tuvo oportunidad de explicarme.
—¿Por qué no me lo contaste después de su muerte? —pregunté, con la voz quebrada.
Emily se secó las lágrimas.
—Porque estaba intentando protegerte. Al principio pensé que necesitabas tiempo para llorar. Después, cada vez que te veía sufrir, me convencía de que contártelo solo añadiría más dolor. Y cuanto más esperaba, más cobarde me sentía.
—Pero yo confiaba en ti.
—Lo sé.
—Eras la persona a la que le contaba todo. ¿Cómo pudiste decidir por mí qué verdades podía soportar?
Emily no intentó defenderse.
Se limitó a asentir, con lágrimas cayendo sobre sus manos.
—No tengo ninguna excusa. Me equivoqué. Creí que guardar silencio era una forma de amor, pero también fue una forma de quitarte el derecho a conocer tu propia historia.