No reconocí el nombre.
Pero había algo todavía más preocupante.
La carta indicaba que todos los asuntos relacionados con el alquiler serían revisados durante las siguientes semanas.
Me dejé caer en una silla.
Después de tantos años luchando por mantener abierto el restaurante, temí que aquello fuera el principio del final.
Al mediodía, Mikhail apareció acompañado por Misha.
El niño llevaba una mochila azul y una enorme sonrisa.
—¡Elena!
Corrió hacia mí.
Lo abracé.
—¡Mi pequeño explorador!
Mikhail nos observó con una expresión que no supe interpretar.
Misha sacó una hoja de papel.
—Te hice un dibujo.
Había tres personas frente a un restaurante.
Una mujer.
Un hombre alto.
Y un niño.
Debajo había escrito cuidadosamente:
ELENA, PAPÁ Y YO.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Es precioso, cariño.
Misha sonrió.