Alejandro se acercó inmediatamente y me abrazó por los hombros.
—¿Estás bien, amor?
Asentí.
—Sí. Vámonos.
Pero entonces mi suegra gritó:
—¡UN MOMENTO!
Patricia Mendoza caminó hacia nosotros con el rostro desencajado.
Miró a Rodrigo, que comenzaba a levantarse, y después me señaló.
—¡Acabas de atacar a mi hijo en su propia casa!
No podía creer lo que escuchaba.
—Patricia, él me tiró cerveza encima, empujó a Alejandro y me agarró del brazo. Todos lo vieron.
—¡Rodrigo solamente estaba jugando!
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿Jugando, mamá? ¿Así le llamas a humillar a mi esposa?
Mi suegra levantó la barbilla.
—No voy a permitir que esta mujer venga a nuestra casa a presumir que sabe pelear y a dejar en ridículo a mi hijo mayor.
Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.
Durante cinco años había soportado comentarios, burlas y pequeñas humillaciones para mantener la paz familiar.