Alicia había muerto hacía apenas dos días.
Dos días desde que había besado su frente, le había prometido que estaría a su lado y había sentido cómo su mano se quedaba inmóvil entre las mías.
Dos días desde que el mundo había seguido girando, aunque el mío se hubiera detenido.
Respiré profundamente y continué.
«Hay algo más que necesito contarte.
La prueba de embarazo que encontrarás en la caja es mía. Me enteré hace unas semanas, pero todavía no había tenido el valor de decírtelo.
No te lo oculté porque no confiara en ti. Lo hice porque los médicos me explicaron que mi enfermedad estaba demasiado avanzada y que el embarazo podía complicar aún más mi estado. Después de hablar con los especialistas, comprendí que no debía tomar ninguna decisión precipitada ni poner en riesgo mi salud.