Liang se cubrió los ojos.
—Dios mío.
No dije nada.
—Yo pensé…
—Sé lo que pensaste.
—Xia, si hubiera sabido…
Lo interrumpí.
—No lo sabías porque dejaste de escucharme. Y yo cometí el error de ocultarte lo que podía demostrarlo, porque alguien amenazó a Elena, a su hija y a tu carrera.
Le enseñé los mensajes que había conservado.
Liang los leyó sin hablar.
Cuando llegó al último, sus manos temblaban.
—¿Por qué no acudiste a la policía?
—Tenía pruebas incompletas, una niña amenazada y un hombre poderoso asegurándome que acabarían acusándote de fraude. No sabía en quién confiar. Y después, cuando murió Daniel y tú me pediste el divorcio, ya estaba demasiado asustada.
Respiré hondo.
—No estoy orgullosa de haber callado. Daniel merecía algo mejor. Elena también. Pero tampoco voy a aceptar que toda la culpa fuera mía.