La instrucción escrita en aquel papel húmedo no explicaba por qué Emiliano había llegado con fiebre ni quién había dejado que su brazo empeorara durante semanas.
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Explicaba algo peor.
Alguien había preparado al niño para lo que debía hacer si terminaba frente a un médico sin Daniel cerca.
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Yo sostenía la nota con los guantes puestos mientras cirugía pediátrica terminaba de organizar el traslado de Emiliano y Clara vigilaba el monitor.
Marta seguía al otro lado del personal de seguridad.
Ya no gritaba.
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Eso fue lo primero que me preocupó.
Durante veinte minutos había amenazado con abogados, con cerrar el hospital, con denunciarme por tocar el yeso y con sacar a Emiliano de ahí.
Ahora permanecía quieta, mirando el papel.
Como si supiera exactamente qué decía.
Leí la primera línea.