Robert se sentó frente a mí. Por primera vez aquella mañana, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No, Mary. Nunca haría eso.
Sacó otro documento del sobre. Era una evaluación médica, acompañada de varias páginas que no alcancé a leer.
—Hace tres meses empezaste a olvidar algunas cosas —dijo suavemente—. Al principio eran pequeños detalles. Dejabas el fuego encendido, olvidabas citas y preguntabas varias veces lo mismo. Pensé que era cansancio. Después, un día, te perdiste al volver del supermercado.
Sentí una punzada de vergüenza.
—Eso le puede pasar a cualquiera.
—Lo sé. Y no quiero que pienses que estoy intentando quitarte tu independencia. Pero fui contigo al médico cuando aceptaste hacerte las pruebas. ¿Recuerdas?
Recordaba vagamente aquella visita.
Robert continuó:
—El médico encontró señales de un problema de memoria que necesita más evaluación. No tenemos todas las respuestas. Pero yo tengo miedo, Mary. Miedo de que un día salgas de casa y no encuentres el camino de regreso. Miedo de que te hagas daño cuando yo no esté a tu lado.