Su madre respiró profundamente y continuó:
—Tu papá siempre pedía un caldo de pollo porque era lo único que podía pagar. Yo lo veía mirar las milanesas que servíamos a las otras mesas. Fingía que no tenía hambre, pero sus ojos lo delataban.
Alejandro sintió que algo se le encogía en el pecho.
—Entonces empecé a pagarle una milanesa con mis propinas. Le decía que el dueño estaba invitando a los clientes frecuentes.
La anciana soltó una pequeña risa.
—El dueño de aquel entonces era tan tacaño como Rogelio. Tu padre seguramente no me creyó.
—¿Y qué pasó?
—Durante un año entero llegó cada domingo. Hablábamos cuando yo tenía unos minutos libres. Me contaba sus sueños. Quería construir puentes, comprarse una casa y formar una familia.
Los ojos de doña Teresa se humedecieron.