No quería regresar a recepción.
Pero tampoco quería volver a ser la misma médica de antes.
Por eso propuse establecer un sistema de acompañamiento para familiares de pacientes quirúrgicos y un procedimiento más transparente para comunicar incidentes.
La dirección aprobó un programa piloto.
Una tarde, mientras revisaba su puesta en marcha, Adrián apareció en la puerta de mi despacho.
—Doctora Salazar.
Levanté la vista.
—Director Lozano.
—Quería preguntarle si esta noche tiene algún compromiso.
Arqueé una ceja.
—¿Es una orden administrativa?
—No.
—¿Una reorganización de personal?
—Tampoco.
—Entonces sea más específico.
Adrián respiró hondo.
—Me gustaría invitarla a cenar.
Me quedé mirándolo.
—¿Otra cita organizada por mi padre?
—Esta vez se lo pregunto yo.
Había aprendido a conocer sus silencios.
Aquel hombre podía enfrentarse a una junta directiva sin pestañear, pero parecía incómodo delante de una mujer que sostenía una carpeta.