No pude terminar la última línea sin llorar.
Veintiséis años.
Mi madre había escrito aquello antes de que yo supiera siquiera qué significaba una cirugía.
Había pasado gran parte de mi vida intentando convertirme en una médica de la que ella pudiera sentirse orgullosa.
Y ahora descubría que ella había luchado por algo mucho más importante que cualquier ascenso.
Adrián permaneció a unos pasos, respetando mi silencio.
—Hay pruebas suficientes para solicitar la revisión formal de su expediente —dijo finalmente—. No puedo prometer cómo terminará, pero ya no depende solo de testimonios antiguos.
Abracé la carta contra el pecho.
—Mi padre tiene que verla.
—Por supuesto.
Lo miré con los ojos húmedos.
—Gracias por conservarla.
Adrián negó suavemente.
—Fue mi padre quien la conservó. Yo solo tuve la oportunidad de entregársela.
Aquella tarde llevé la carta a casa.