No para recordar la traición.
La guardo para recordar el día en que dejé de tener miedo de decir que no.
Porque a los sesenta años descubrí algo que me habría gustado saber mucho antes:
Criar a tus hijos no significa entregarles el derecho a decidir cómo debes vivir el resto de tu vida.
Y el día en que cumplí sesenta años, aunque cinco de mis hijos me fallaron y el sexto llegó demasiado tarde para evitarme el dolor, recibí un regalo que nunca había esperado.
La oportunidad de volver a elegirme a mí misma.
Y esta vez, no pienso renunciar a ella.