Porque aquella noche me fui de la casa de mi hijo con una vieja maleta y un boleto de treinta millones de dólares.
Pero lo más valioso que llevaba conmigo no era el boleto.
Era la certeza de que nunca más tendría que quedarme en un lugar donde me hicieran sentir que mi amor era una obligación y mi dignidad no valía nada.
Y esa fue la verdadera fortuna que gané.