Elena asintió lentamente.
Se sentó en una mesa apartada y permaneció allí durante el resto de la ceremonia.
No hubo una reconciliación mágica. No hubo abrazos que borraran una infancia de ausencias. Y nadie fingió que todo estaba arreglado.
Pero ocurrió algo que no esperaba.
Al terminar la celebración, Elena se acercó a mis hijas y les pidió sus números de teléfono.
No les exigió que la llamaran mamá. No les pidió que la perdonaran aquella misma noche.
Solo dijo:
—Si alguna vez queréis hablar conmigo, estaré dispuesta a escucharos. Y si no queréis, lo entenderé.
Mi hija menor la miró durante unos segundos.
—Puedes empezar por escribirnos. Pero esta vez, mamá, no desaparezcas cuando la conversación se vuelva difícil.
Elena asintió y se marchó poco después.
Yo me quedé en la pista de baile con mis seis hijas, observando cómo Chloe y Daniel bailaban su primera canción como esposos.