Junto a ella había una fotografía de las seis hermanas, sonriendo.
—Papá, durante quince años nos diste todo lo que tenías. Ahora queremos que descanses. Queremos que viajes, que disfrutes y que recuerdes que tu vida también importa.
No pude contener las lágrimas.
Los invitados comenzaron a aplaudir. Daniel abrazó a Chloe y mis otras hijas me rodearon con sus brazos.
Pero Elena seguía inmóvil.
—¿Y yo? —preguntó finalmente—. ¿No tengo derecho a una segunda oportunidad?
El aplauso se apagó lentamente.
Chloe se acercó a ella.
—Sí, mamá. Las personas pueden cambiar. Pueden arrepentirse y tratar de reparar sus errores. Pero una segunda oportunidad no es un derecho que puedas exigir. Es algo que los demás deciden si están preparados para ofrecerte.
Elena se secó las mejillas.
—Soy vuestra madre.
—Lo eres —respondió Chloe—. Y no voy a fingir que nunca lo fuiste. Pero tampoco puedo fingir que estuviste aquí cuando te necesitamos.