A los 47 años, conocí a un hombre en Facebook que me pedía que le enviara la misma foto todas las noches. Tres meses después, una desconocida me llamó gritando: «¿NO TIENES VERGÜENZA? ¡TU FOTO ESTÁ EN PÁGINAS PARA ADULTOS!». Pero cuando abrí el enlace que me envió y leí lo que habían escrito… Ojalá nunca lo hubiera hecho…

Daniel había convertido un lugar cotidiano en un recuerdo doloroso.

—Podríamos cambiarlo de sitio —sugirió Laura, observándome.

Sonreí ligeramente.

—¿El sofá?

—Sí. O comprar otro, si quieres.

Me quedé pensando.

Después negué con la cabeza.

—No. Este sofá no ha hecho nada malo.

Laura se rio y me abrazó.

Y yo también me reí.

Fue una tontería, pero significó mucho para mí.

Porque comprendí que no quería pasar el resto de mi vida cambiando todo lo que me recordara a aquella experiencia.

No tenía por qué avergonzarme de haberme sentado en mi sofá, de haber enviado una fotografía a alguien en quien confiaba ni de haber deseado enamorarme de nuevo.

La responsabilidad no era mía por haber confiado.

La responsabilidad era de quien había utilizado esa confianza para engañarme.

Meses después, una amiga me preguntó si volvería a utilizar una aplicación de citas.

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