Richard la levantó con ambas manos y, lentamente, le dio la vuelta.
Era la imagen de una joven de unos veinte años. Llevaba una blusa rosa, una falda negra y unos zapatos rojos de tacón. Tenía el cabello castaño, los ojos claros y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
Me llevé una mano a la cara.
Yo también tenía una cicatriz en aquel mismo lugar.
Pero lo más aterrador no era eso.
La joven de la fotografía tenía mi rostro.
No era un parecido aproximado. No era una de esas coincidencias que hacen que dos desconocidos se confundan en la calle.
Era como mirarme en un espejo cuarenta y cinco años más joven.
—¿Quién es ella? —susurré.
Richard tragó saliva.
—Se llamaba Anna. Y desapareció la noche en que iba a convertirse en mi esposa.