“¡Aléjate de él!” La prometida empuja a su hijo pequeño cerca de la puerta del avión; ¡el multimillonario queda atónito!
PARTE 1
El día que Santiago Montes tuvo que elegir entre su boda de 20 millones de pesos y un niño de 3 años llorando junto a la puerta de un jet privado, no dudó ni 1 segundo.
Hasta esa mañana, todos en México creían que Santiago tenía la vida perfecta. A los 38 años, era dueño de una de las empresas tecnológicas más poderosas del país. Sus oficinas ocupaban 12 pisos en Santa Fe, su departamento en Polanco parecía un museo moderno y su nombre aparecía en revistas de negocios como ejemplo de éxito, disciplina y riqueza.
Pero lo que más fascinaba a la prensa no era su fortuna, sino su compromiso con Valeria De la Mora.
Valeria era modelo, heredera de una familia elegante de Las Lomas y rostro habitual en galas benéficas, portadas de moda y cenas donde todos sonreían sin decir nada verdadero. Cuando Santiago le propuso matrimonio en una terraza privada frente al Ángel de la Independencia, las fotos se volvieron virales. Las revistas lo llamaron “la boda del año”.
Valeria creyó que por fin había ganado el papel para el que había nacido: esposa de un multimillonario.
Lo que ella no sabía era que en la casa de Santiago había otra mujer que conocía su corazón mucho mejor que ella.
Se llamaba Elena Cruz.
Elena tenía 29 años, era madre soltera y había llegado a la Ciudad de México desde Puebla con una maleta, un niño pequeño y una dignidad que la pobreza nunca logró quitarle. Trabajaba como encargada de la casa de Santiago desde hacía 3 años, pero en realidad había sido mucho más que eso.
Cuando la madre de Santiago enfermó de cáncer, Valeria estaba en pasarelas, campañas y viajes a Miami. Elena fue quien se quedó noches enteras al lado de doña Rebeca. Elena fue quien le preparaba caldos suaves, cambiaba sábanas, le leía salmos cuando el dolor no la dejaba dormir.
Y cuando doña Rebeca murió, fue Elena quien encontró a Santiago sentado en el piso del pasillo, incapaz de respirar por el llanto.
No dijo nada. Solo se sentó a su lado y le tomó la mano.
Desde entonces, algo cambió.
Santiago no podía decir que amaba a Elena. Ella trabajaba para él. Había una distancia social, económica y moral que él respetaba. Pero la buscaba sin buscarla. Le preguntaba por su hijo Mateo. Se quedaba más tiempo en la cocina cuando ella preparaba café de olla. Le compró medicinas al niño cuando enfermó de bronquitis, aumentó el sueldo de Elena sin explicación y, cuando supo que su exmarido había dejado de mandar pensión, le ofreció una pequeña casa en Coyoacán como parte de su contrato.
Elena no era ingenua. Sabía que había ternura en esos gestos. Pero también sabía cuál era su lugar.
—Usted es un buen hombre, señor Santiago —le dijo una noche.
—No me diga señor.
—Entonces no me haga favores que no pueda agradecer.
Santiago la miró largo rato.
—No son favores. Son justicia.