La semana previa a la boda, Valeria insistió en hacer un viaje privado a Los Cabos con un grupo de amigos antes del gran evento. Quería fotos, champaña, playa y una celebración exclusiva. Santiago, agotado por una negociación internacional y por la culpa que le pesaba desde hacía meses, aceptó.
Pero tomó una decisión que cambiaría todo.
Invitó a Elena y a Mateo al vuelo.
No como empleados. Como familia.
Planeaba hablar con Valeria durante el viaje. Decirle que su vida estaba construida sobre una mentira elegante. Que Elena y Mateo significaban demasiado. Que no podía casarse con una mujer que jamás se había preguntado quién era él cuando nadie lo aplaudía.
La mañana del vuelo, en el hangar privado del Aeropuerto de Toluca, Mateo llegó tomado de la mano de Elena, con una mochila de dinosaurios y una emoción imposible de ocultar.
—¿De verdad vamos a subir a ese avión? —preguntó.
Santiago se agachó frente a él.
—De verdad, campeón.
El niño lo abrazó con fuerza.
Valeria, que acababa de bajar de una camioneta negra con lentes enormes y vestido blanco de diseñador, se quedó inmóvil al verlos.
—¿Qué hacen ellos aquí? —preguntó, sin saludar.
Elena apretó la mano de Mateo.
—Buenos días, señorita.
Valeria la miró de arriba abajo.
—No me digas señorita. Y no contestaste mi pregunta.
Santiago respiró hondo.
—Yo los invité.
—¿A la empleada y a su hijo?
—Elena no es solo una empleada. Ha sido parte importante de mi vida.
Valeria soltó una risa seca.
—Qué romántico. ¿Y qué se supone que diga cuando mis amigos los vean en Los Cabos? ¿Que la muchacha que limpia tu casa también viene a celebrar nuestra boda?
Elena bajó la mirada.
—Podemos irnos. No quiero causar problemas.
Pero Santiago dio un paso adelante.
—No. Ustedes se quedan.
La mandíbula de Valeria se tensó.
—Entonces elige, Santiago. Ella o yo.
El motor del jet rugió detrás de ellos.
Y Santiago todavía no sabía que la verdadera elección no sería entre 2 mujeres, sino entre el mundo falso que había construido y la familia real que tenía frente a los ojos.
PARTE 2
El avión despegó con un silencio pesado.
Valeria se sentó al frente, con una copa de champaña que apenas probaba, mirando por la ventana como si la presencia de Elena y Mateo hubiera contaminado el aire de la cabina.
Elena llevó al niño a la parte trasera, le puso audífonos y trató de entretenerlo enseñándole las nubes.
—Mira, parecen montañas de algodón —susurró.
Mateo sonrió un poco, pero seguía nervioso.
Santiago permanecía entre los 2 mundos, de pie junto a los asientos de piel, sintiendo que su vida se partía.
Durante años había confundido elegancia con amor, compañía con compromiso, belleza con bondad.
Ahora veía a Valeria con claridad y le dolía aceptar que quizá nunca la había conocido.
Pasó 1 hora. Luego otra.
Valeria bebió más. Su enojo se convirtió en algo frío, venenoso.
Se levantó y caminó hasta donde Elena abrazaba a Mateo.
—¿De verdad pensaste que podías meterte en mi vida así? —dijo en voz baja.
Elena se puso de pie.