—Quiero que me respondas con sinceridad —le dije—. ¿Tienes miedo de morir?
Se apoyó en la barandilla.
—Sí.
—¿Mucho?
—Más del que jamás imaginé.
Me acerqué a él.
—Yo también tengo miedo de perderte. No sé cómo sería despertarme en nuestra cama y no escuchar tus pasos en la cocina. No sé cómo sería entrar en nuestra casa y no verte sentado en tu sillón, leyendo el periódico como si el mundo entero pudiera esperar.
Sonrió débilmente.
—Siempre dices que leo demasiado despacio.
—Porque tardas veinte minutos en leer una página y luego me preguntas qué pone.
Soltó una pequeña carcajada. Fue la primera vez que lo vi sonreír de verdad aquel día.
Después volví a ponerme seria.
—Pero prefiero pasar una noche llorando contigo por lo que puede ocurrir que pasar un solo día viviendo una mentira que has construido para mí.