Aprendí, a golpes de realidad, que negar deprisa puede ser una superstición tan torpe como creer deprisa, solo que vestida con mejor vocabulario y corbata. Lo aterrador del caso de Carlo Acutis no fue encontrar un espectáculo sobrenatural diseñado para derribar mi oficio, sino descubrir que mi propio oficio me llevaba exactamente hasta una puerta abierta. Una puerta donde los números no desaparecían, pero tampoco bastaban.
Hoy sigo siendo científico, sigo midiendo y sigo firmando peritajes con el rigor de siempre. Pero lo hago desde la humildad. Entré en aquel sótano como un hombre perfectamente seguro de quién era y de cómo funcionaba el mundo. Salí de allí con los mismos títulos, la misma precisión técnica y una herida nueva que ninguna fórmula ha conseguido cerrar del todo.
No fui yo quien destruyó mi informe; fue la realidad la que destruyó al hombre que lo habría firmado sin vacilar.