El depósito llevaba años cerrado.
Mi padre había conservado una copia de la llave sin informar a nadie.
Al mediodía, con las autorizaciones necesarias y en presencia de los responsables pertinentes, abrimos el compartimento.
Dentro había tres cosas:
Un teléfono móvil antiguo.
Una memoria USB.
Y una fotografía reciente.
En ella aparecía Daniel.
Estaba vivo.
Tenía la barba crecida y el rostro más delgado, pero era él. Detrás se veía una pared de ladrillo y una puerta metálica. La imagen estaba fechada seis semanas antes.
Sin embargo, lo que me hizo contener la respiración fue su mano izquierda.
Llevaba un anillo negro.
El mismo anillo que había aparecido en las fotografías de mi hermano durante los meses anteriores a su supuesto accidente.
En el reverso de la fotografía había una dirección escrita a mano.