Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle, confesó que aquel hombre le había dicho que él mismo había matado a su primera esposa. El viudo entendió entonces que ella no huía para salvar su matrimonio, sino su vida. Si la escondía, el hombre que la buscaba podía llegar hasta su propia puerta.

Cuando vio el reloj, se sentó sin decir una palabra.

—Yo se lo regalé —murmuró al fin—. Mi hermana jamás se habría ido sin esto.

Luego sacó de una lata varias cartas amarradas con listón. Eran de Petronila. En ellas contaba que tenía miedo de su marido, que quería dejarlo y que pensaba irse con Eduviges. La última estaba fechada pocos días antes de su desaparición.

Volví al rancho con Eduviges. Rosalba salió a recibirnos y, cuando la anciana entendió quién era ella, no la culpó.

—Tú saliste de donde mi hermana no pudo salir —le dijo—. Ahora ayúdame a que su nombre vuelva a existir.

Con el reloj, las cartas y el testimonio de Rosalba teníamos algo. Pero no suficiente.

—Nemesio dijo que la arrojó en el paso de las 3 piedras —me recordó Rosalba.

Yo conocía ese sitio. Río abajo había un remanso profundo donde se atoraban ramas y troncos cuando crecía la corriente. Al amanecer subimos los 3. No fuimos a “buscar un cuerpo” como si fuéramos investigadores. Fuimos a confirmar si había algo que justificara llevar a las autoridades hasta allá.

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