Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle, confesó que aquel hombre le había dicho que él mismo había matado a su primera esposa. El viudo entendió entonces que ella no huía para salvar su matrimonio, sino su vida. Si la escondía, el hombre que la buscaba podía llegar hasta su propia puerta.

—Se acabó —le dije.

Negó con la cabeza.

—No. Se va a acabar cuando yo pueda decir mi nombre sin esconderme.

Tenía razón.

Esa misma noche llegaron agentes desde la cabecera. Nemesio fue detenido. La investigación tomó meses. Los peritos confirmaron que los restos correspondían a una mujer desaparecida años atrás; las cartas de Petronila, la medalla, el reloj y los testimonios de Eduviges y Rosalba sostuvieron el caso. También se investigaron las agresiones que Rosalba había sufrido.

Yo fui a cada audiencia que me permitieron. Nunca me senté delante de ella ni hablé por ella. Me sentaba a su lado.

El día que declaró, Rosalba entró con una blusa blanca y el cabello recogido. Nemesio la miró como solía mirar a la gente: esperando que se encogiera.

No lo hizo.

Contó su historia con una voz que al principio le tembló y luego se afirmó. Habló de Petronila. Habló de sí misma. Habló del miedo de vivir en una casa donde el peligro dormía en la misma cama. Cuando terminó, no buscó mi mirada para pedir permiso ni aprobación. Solo respiró.

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