Una mujer llegó de noche a un rancho aislado con un burro cargado de sus cosas y rogó a un viudo que la dejara dormir en el corredor porque huía de su marido. Mientras tomaba café bajo la única lámpara encendida del valle, confesó que aquel hombre le había dicho que él mismo había matado a su primera esposa. El viudo entendió entonces que ella no huía para salvar su matrimonio, sino su vida. Si la escondía, el hombre que la buscaba podía llegar hasta su propia puerta.

—Así que tú eres el hombre que me hizo perder el tiempo —dijo.

—Y tú eres el hombre que lleva años creyendo que todo se puede comprar.

Su sonrisa desapareció.

Le dije que Petronila había sido encontrada y que la Fiscalía ya tenía las cartas, el reloj y la declaración de su hermana. No exageré. No necesitaba hacerlo.

Nemesio se levantó y apuntó hacia mí.

—Rosalba es mi mujer.

—Rosalba no es propiedad de nadie.

En ese instante, Centella salió disparado desde un costado del corredor. Golpeó a Nemesio en el brazo y el tiro se fue hacia el techo. El arma cayó al patio. Me lancé sobre él antes de que pudiera recuperarla. Rodamos entre polvo y macetas rotas. Nemesio era más joven; yo llevaba media vida cargando costales, reparando cercas y ordeñando antes del amanecer.

Aun así, alcanzó a zafarse.

Se arrastró hacia el revólver.

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