O al menos eso era lo que Tyler creía que necesitaba hacer.
Pero había algo que todavía no entendía.
¿Por qué no me lo había contado?
La respuesta estaba en la última parte de la carta.
Papá revisa mi teléfono. No quería que supiera que había descubierto los documentos. La abogada me dijo que no debía intentar resolver esto yo solo, pero tenía miedo de que, si te lo contaba, él se diera cuenta y cambiara sus planes.
Por eso te pedí que esperaras.
No quiero el dinero si tengo que perderte para conseguirlo.
Quiero volver a casa.
Te quiero, mamá.
Tyler.
Apreté la carta contra mi pecho.
Durante unos minutos no pude hacer otra cosa que llorar.
No por los tres millones ochocientos mil dólares.
No por Harrison.
Lloré porque mi hijo de trece años había estado cargando con un miedo que yo ni siquiera había imaginado, intentando protegerme de una batalla que jamás debió convertirse en responsabilidad suya.