—Para que puedas mantenerla al menos el primer mes.
Mateo ni siquiera lo tocó.
—Guárdelo. Su hija no viene conmigo porque yo la haya comprado.
La sonrisa de Beatriz se tensó.
Esa tarde, Lucía y Mateo llegaron a una casa de piedra escondida entre pinares. Era sencilla, pero demasiado bien cuidada para alguien que, según el pueblo, no tenía nada. Había mapas forestales en una pared, libros de ingeniería, una cafetera italiana impecable y, sobre la mesa, un teléfono cifrado que Mateo guardó demasiado rápido.
Lucía dejó la pieza de latón junto a una taza.
Mateo la vio y perdió el color.
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—¿De dónde has sacado eso?
—Era de mi madre.
Él tardó varios segundos en responder.
—Entonces mañana tendrás muchas preguntas.
Antes de que Lucía pudiera exigir una explicación, se escucharon motores acercándose por el camino.