Salí de la iglesia con el vestido lleno de barro y 30 invitados riéndose mientras mi madrastra sonreía.-tete

«Al menos alguien ha aceptado quedarse contigo», dijo. No lloré: guardé la ficha de latón de mi madre y me fui con el supuesto leñador. A la mañana siguiente, 4 camionetas negras llegaron; el hombre del primero se inclinó ante mi marido.

 

PARTE 1

—Al menos alguien ha aceptado quedarse contigo.

Beatriz Salcedo lo dijo sonriendo, delante de 30 invitados, justo cuando Lucía Valcárcel salió de la pequeña iglesia de San Leonardo de Yagüe con el vestido blanco manchado de barro hasta las rodillas. Algunas personas rieron. Otras levantaron el móvil. Su padre, Ernesto, fingió revisar el nudo de la corbata.

A su lado estaba Mateo Robles, el hombre al que en el pueblo llamaban “el leñador pobre”: botas gastadas, barba de varios días, chaqueta de trabajo y las manos marcadas por años de monte. Nadie sabía que, media hora antes, había sido él quien se había arrodillado en el camino embarrado para sacar el coche de la novia de una cuneta, arruinándose la ropa antes de llegar a la ceremonia.

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