—Necesito ese dinero.
—¿Por qué?
Fernanda apretó los labios.
—Cometí errores financieros.
—¿Y Daniela?
Su rostro cambió.
—Fue un accidente.
—Yo no dije que tú hubieras provocado nada.
Se quedó inmóvil.
Ese pequeño error dijo más que cualquier discurso.
—Mariana…
—¿Sabías del fideicomiso de la abuela?
Fernanda palideció.
—No sé de qué hablas.
Saqué una copia del correo y la puse frente a ella.
Por primera vez, mi hermana perdió completamente el control.
—¿De dónde sacaste esto?
—Contesta.
Miró alrededor del restaurante.
—Papá dijo que ese dinero siempre había sido suyo.
—Estaba destinado a mí.
—Éramos niñas.
—Y mientras tú viajabas, yo no tenía una prótesis adecuada.
—¡Yo no sabía eso!
—Pero ahora sí lo sabes.
Fernanda cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba llorando.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Se inclinó hacia mí.
—Daniela no debía resultar herida.