Pero cuando has pasado toda una vida intentando que tu hijo nunca se sienta menos que los demás, aprendes a reconocer incluso las pequeñas humillaciones.
Y aquella mañana yo no quería ser motivo de vergüenza para Marco.
Solo quería verlo casarse.
Me dirigí discretamente hacia las últimas filas.
Encontré un asiento cerca de una columna, donde podía observar el altar sin llamar demasiado la atención. Me senté, acomodé el vestido sobre mis rodillas y respiré profundamente.
—Aquí está bien, Teresa —me dije en voz baja—. No necesitas que nadie te mire.
Pero mi corazón no estaba de acuerdo.
Desde donde estaba, podía ver las flores blancas, las velas encendidas y el altar decorado con rosas. Todo era precioso. Marco había trabajado muy duro para llegar hasta aquel momento, y yo estaba orgullosa de él de una manera que ninguna palabra podría expresar.