Daniel examinó la barrera que había construido.
—Tenemos que asegurar el lado norte —dijo.
Mariana lo miró.
—¿Ahora?
—Si el viento cambia hacia el este, la nieve se acumulará contra el establo. Hay que reforzar los postes antes de que el suelo se congele por completo.
Tomás abrió los ojos.
—Señor, ¿piensa trabajar en esta tormenta?
—No pienso dejar que se caiga el establo.
Y, sin esperar respuesta, fue a buscar herramientas.
Durante las siguientes horas, los tres trabajaron bajo el viento cada vez más fuerte.
Mariana sujetaba las tablas mientras Daniel las clavaba. Tomás reforzaba los postes. Incluso Adela, que había salido con su rebozo, ayudó a llevar una cesta de clavos hasta el cobertizo.
—¡Madre, vuelva adentro! —gritó Mariana.
—¡Todavía puedo cargar una cesta!
—Y yo todavía puedo regañarla. ¡Adentro!
Adela soltó una carcajada y obedeció.
A medianoche, la tormenta cayó con toda su fuerza.