Era un hombre de unos cincuenta años, siempre impecable, siempre dispuesto a resolver cualquier inconveniente antes de que yo siquiera lo conociera.
Llevaba doce años trabajando para mi familia.
Había organizado fiestas, administrado proveedores y manejado las cuentas de la residencia durante mis viajes de negocios.
Yo confiaba en él.
O, al menos, eso había creído.
—Aquí están los documentos que me solicitó —dijo, colocando la carpeta sobre mi escritorio.
No le ofrecí asiento.
Abrí la primera página y señalé la transferencia correspondiente al primer mes.
—¿A qué cuenta se envió este dinero?
—A la cuenta registrada por la señora Hernández.
—¿Estás seguro?
—Completamente, señor.
Giré la pantalla de mi computadora hacia él.
—Entonces explícame por qué el número de cuenta que aparece aquí no coincide con el que figura en su expediente laboral.
Ricardo se quedó inmóvil.