Aquella noche, mientras ellos cenaban en el salón, escuché que Hisham hablaba por teléfono en su despacho.
—No sé qué le pasa —decía—. Está más callada de lo normal. Mañana revisaré sus cosas. Si ha recordado algo, tenemos que encontrar los documentos antes que el abuelo.
Me quedé inmóvil detrás de la puerta.
Así que sabía que existían documentos.
Y estaba dispuesto a buscarlos.
Sin hacer ruido, me alejé y llamé al abogado para contarle lo que había escuchado. No entré en el despacho ni intenté conseguir pruebas por mi cuenta. Ya no iba a poner mi vida en peligro para demostrar que tenía razón.
Al día siguiente, con la intervención correspondiente y siguiendo el procedimiento legal, se recuperaron varios documentos financieros.
Entre ellos estaba la carpeta roja.
Las copias mostraban transferencias que merecían una investigación exhaustiva. También había comunicaciones que relacionaban a Hisham con una serie de operaciones realizadas a través de empresas intermediarias.