Porque el verdadero secreto de aquella noche no era solamente que dos bebés habían sido intercambiados.
Era que, durante ocho años, los adultos habían confundido el amor con la posesión, la familia con la herencia y la verdad con el derecho a juzgar.
Y aunque ninguna prueba podía devolvernos los años perdidos, todavía podíamos elegir qué hacer con el tiempo que nos quedaba.
Esta vez, sin secretos.
Sin amenazas.
Y sin volver a permitir que nadie hiciera sentir a un niño que tenía que demostrar que merecía tener una familia.
FIN.