Lucía se llevó una mano a la boca.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después miró por encima de mi hombro, hacia Mateo.
Y comenzó a llorar.
—No puede ser…
Sentí que el corazón se me partía.
—¿Qué ocurre?
Lucía abrió la puerta por completo.
—Pasen. Hay alguien que debe conocerlos.
Entramos en una sala pequeña.
Sobre una mesa había fotografías familiares, cuadernos escolares y una mochila azul.
Y en una de las fotografías aparecía un niño de cabello oscuro, con una sonrisa idéntica a la que yo había visto tantas veces en mis propios recuerdos.
Mi hijo.
No necesitaba una prueba para sentir que algo dentro de mí lo reconocía.
Pero no me atreví a acercarme.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
Lucía se secó las lágrimas.
—Daniel.
Mateo miró la fotografía en silencio.