Alejandro apretó la mandíbula.
—¿Intercambió a los bebés?
Carmen asintió con lágrimas en los ojos.
—Sí. Pero hay algo que deben saber.
Se levantó lentamente y fue hasta un armario.
De un cajón sacó un sobre amarillento.
—Guardé esto porque nunca pude vivir tranquila después de lo que hice.
Dentro había una fotografía antigua de dos recién nacidos acostados en cunas contiguas.
En el reverso, alguien había escrito dos nombres y una fecha.
Mateo. Daniel.
Pero debajo había una tercera anotación, casi borrada por el paso del tiempo.
Un nombre de mujer.
Lucía Herrera.
Y una dirección.
La dirección de una pequeña localidad a las afueras de Guadalajara.
—¿Sabe si Lucía sigue viviendo allí? —pregunté.
Carmen negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero antes de marcharse dejó una carta. Creo que la señora Teresa nunca llegó a verla.