—Después de que murió, olvidé aquella lección. Convertí el dinero en una forma de controlar a mi hijo. Cuando él se rebeló, respondí con amenazas. Y cuando se casó contigo, te traté como si fueras una intrusa.
Lo escuché sin interrumpirlo.
—No puedo reparar todo lo que hice —continuó—. Pero quiero pedirte perdón por haberte juzgado sin conocerte.
Tomé la fotografía.
—Acepto sus disculpas, Esteban. Pero no quiero que crea que eso significa que lo ocurrido ya no importa.
—No lo creo.
Me miró directamente.
—¿Sigues queriendo a Mauricio?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Pensé en el hombre que había conocido en la librería. En el esposo que me había preparado café durante mis embarazos. En el padre que jugaba con Emiliano los domingos.
Pensé también en las mentiras, en los almuerzos tirados a la basura y en todas las veces que había creído que nuestro dinero no alcanzaba para algo que, en realidad, nunca habíamos necesitado sacrificar.