Mi hijo cruzó el escenario de graduación con un vestido rojo mientras todos se burlaban… pero lo que llevaba escondido hizo callar a todo el auditorio

Miré el pequeño broche que Santiago acababa de poner en mi mano.

Era una flor de plata con una piedra roja en el centro.

Lo habría reconocido entre miles.

Había pertenecido a mi hija.

A Valeria.

La hermana mayor de Santiago.

La muchacha cuyo nombre había convertido nuestra casa en un lugar donde todos caminábamos con cuidado.

Valeria habría cumplido veintiún años aquel verano.

Pero no llegó.

Un accidente automovilístico nos la había quitado meses antes de la graduación de Santiago.

O al menos esa era la historia que yo había aprendido a repetir.

Valeria había salido de casa después de discutir con Mauricio. Más tarde recibimos una llamada informándonos que había ocurrido un accidente en carretera.

Durante meses me culpé.

Pensaba que quizá debí detenerla.

Debí llamarla.

Debí hacer algo.

Mauricio siempre repetía lo mismo:

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