—¿Qué le pasa a ese muchacho?
La frase salió desde unas filas detrás de mí, seguida de varias risas.
Sentí que se me cerraba el pecho.
Mi hijo Santiago acababa de subir al escenario de su preparatoria en Guadalajara frente a cientos de alumnos, maestros y familiares.
Y llevaba puesto un vestido rojo.
Algunos levantaron sus celulares. Otros cuchicheaban sin molestarse en bajar la voz.
Yo era probablemente la única persona en aquel auditorio que sabía por qué lo hacía.
Dos semanas antes, Santiago había puesto ese mismo vestido sobre la mesa de nuestra cocina.
—Mamá, voy a usarlo en la graduación.
—No, hijo. Por favor.
—Tengo que hacerlo.
—Se van a burlar de ti. Lo van a subir a redes.
Santiago bajó la mirada hacia la tela roja.
—Ya lo sé.
Le tomé la mano.
—Entonces dime por qué quieres pasar por esto.
Tardó unos segundos en responder.